Diario Los Andes - Mendoza
Es
el recuerdo fresco de un miedo que supo ser ajeno y hoy nos es tan familiar. Lo
vivimos con unos colegas hace unos años, en favelas y poblaciones marginales de
San Pablo y de Río. Eran los dominios de escuadrones de la muerte, de las
mafias que hacían suyas barriadas enteras, del ejército que cercaba las villas.
Por entonces, nos parecía una realidad lejana. Hasta que el espanto llegó a
casa.
El miércoles, el corresponsal de La Nación en Brasil reseñó un logro
magnífico: el Programa Escuelas Abiertas que están aplicando la UNESCO y los
gobiernos de Bahía, Río de Janeiro, San Pablo y Matto Grosso. Contaba historias
de jóvenes y niños que emergieron de ese infierno de violencia y tragedia, para
conseguir oportunidades en la vida "en blanco". Eran sólo algunos
ejemplos del logro de 1.500 escuelas abiertas los fines de semana en áreas
críticas, para que los niños y jóvenes acudan voluntariamente a ellas, tentados
por programas de esparcimiento atractivos (arte, deportes, música, baile y mil
formas de desarrollo de la creatividad). Cada fin de semana, unos 500.000
chicos pasan por las escuelas abiertas: en ellas comen, bailan, hacen deporte,
aprenden artes. Han conseguido bajar en un 60% la violencia en esas
poblaciones. Un sociólogo argentino, Julio Waisenlfsz -que dirige el programa
en Recife- explicaba lo de "criminalidad dura" y "criminalidad
blanda". La primera, la del crimen organizado. La otra, la de los chicos
en la calle sin hacer nada, tomando alcohol o consumiendo drogas. Han
convertido a la escuela en un ámbito de contención voluntario y tentador para
miles de potenciales delincuentes sin destino.
Lejos, muy lejos.
En nuestro país, según el Indec, hay un millón y medio de jóvenes entre 14 y 24
años que no trabajan, ni estudian, ni buscan empleo (el 18% de quienes tienen
esas edad en la Argentina). Si a los analfabetos (4%) se suman los
"analfabetos funcionales" el porcentaje hiela la sangre: son los que
formalmente podrían leer y escribir, pero que no lo hacen nunca; para quienes,
además, la PC es un engendro extraño. Cada día se hunden más en la ignorancia.
Mientras, el mundo de las oportunidades se les aleja vertiginoso.
Esta semana, un grupo de jóvenes de la Fundación Cívico Republicana acaban de
poner en los pupitres de la Legislatura de Mendoza, una propuesta que plantea
una política de Estado, un Pacto Educativo Provincial (PEP), que exigiría el
consenso unánime de las fuerzas políticas y las ONG. Proponen destinar los
recursos de las regalías del petróleo mendocino a financiar un sistema
provincial de escuelas de doble jornada (todas, los EGB y el poli modal
incluido). Actualmente, sólo 67 de las 971 escuelas provinciales tienen ese
sistema (por lo general en el campo y zonas extremas). La idea, además, sugiere
sumar otras 4 semanas de clases (para llegar a unos 210 días). En definitiva,
la escuela albergaría mañana y tarde a los niños y adolescentes. Los que así lo
necesiten, seguirán alimentándose en sus comedores escolares, en la misma casa
en la que estudian, hacen deportes, recreación o desarrollo de su creatividad
artística. El proceso de inversión arrancaría en 2004 con el 25% de las
regalías e iría creciendo hasta aplicar a ese fin el 100% de los recursos
petroleros en el 2007. Calculan dedicar al sistema de doble jornada en todas
las escuelas de la Provincia unos 3.000 millones de pesos en 10 años. Deducen
que esto calmaría la angustia de los que plantean que las regalías no pueden
seguir deglutiéndose en gasto corriente y también la de quienes las reclaman
para obra pública y más empleo. Es que -explican- este sistema exigirá
construir más escuelas, asumir un plan de ampliaciones y equipamiento de aulas,
baños, comedores, talleres, salas de informática e instalaciones deportivas;
demandará el doble de horas docentes y de cátedra; más celadores, cocineros,
más proveedores, instalaciones deportivas, de recreación, etc. La propuesta
implica, por cierto, una drástica inversión para multiplicar todo este andamiaje
de obra pública, trabajo y educación. Invertir el petróleo -de vida efímera- en
lo más perdurable: el conocimiento. Reemplazar los agujeros vacíos del oro
negro, por mentes modernas atentas a la evolución mundial. Y con oportunidades.
El ministro de Hacienda espera recaudar este año casi 400 millones de pesos en
regalías petroleras (el 25% de los ingresos totales). Precisamente, el actual
presupuesto de la Dirección de Escuelas implica unos 450 millones de pesos. Los
dos, se supone, crecerán: el ingreso petrolero y la demanda educativa y de
alimentación (casi el 60% del alumnado come en su escuela o en comedores
sociales).
La madre de las inversiones
Esto no sólo implicaría replantear la mentalidad de nuestra dirigencia,
docentes, funcionarios, activistas sociales y empresarios: demandará una
profunda reforma del gasto del Estado y una severa reestructuración de las
cuentas públicas. Nuestros vecinos no se distraen: como Brasil con las escuelas
abiertas el fin de semana, Chile ha completado este año el sistema de jornada
completa en sus 5.500 establecimientos educacionales. La experiencia de
actualización del conocimiento y de contención social es fantástica: No se
vislumbra una inversión social más rentable. Es para discutir, claro, pero esto
le prendería al pecho de Mendoza un sello diferencial ante el mundo. Si la
clase política asumiera el reto y acordara -como lo intentó con la Seguridad-
una política de Estado que resguardara las regalías de las fauces del gasto
improductivo y lo comprometiera en esta gigantesca inversión cultural y social,
el privilegio de contar con petróleo en las entrañas mendocinas juntaría los
sueños de Sarmiento con los de Mosconi. El oro negro pagaría la perspectiva de
un futuro distinto para estos pagos. Un privilegio de la naturaleza financiaría
la mejor ventaja que puede construir Mendoza ante el mundo: la de la educación
en serio, la alimentación oportuna, la de la contención más inteligente, la
verdadera igualdad de oportunidades. En fin, otra vida para quienes hoy generan
en las sombras de la calle su destino de violencia y tragedia. Y conseguida con
la madre de todas las políticas: la de inversión en educación.